X Fórum Internacional de los Jóvenes - Rocca di Papa (Roma), 24-28 de marzo de 2010

Testimonios personales: El descubrimiento del amor de Dios en mi vida

FEDERICO (Uruguay)

Yo pertenezco a una familia cristiana y en ella y gracias a ella empecé a descubrir el amor que Dios nos tiene. Recuerdo, cuando era chico, la gran fe que tenía mi madre y su manera de llevarla a la práctica. Ella era catequista y siempre estaba preocupada por ayudar a los demás, a los más necesitados y especialmente a los niños. Junto con mi padre, se preocupaban porque a mí y a mis hermanos, obviamente, no nos faltara nada, pero también de transmitirnos esa preocupación para que nosotros también tuviéramos esa necesidad  de ayudar a los demás.

Voy a contarles el primer momento en que yo sentí el amor de Dios y que fue por parte de mi madre; ella fue la conexión con Dios. Estábamos en una misa, yo tenía cinco o seis años, y todos se fueron a comulgar, mis hermanos y mis padres. Y yo quería ir a  comulgar, un poco por curiosidad, otro poco por recibir el Cuerpo de Cristo, como decía el Padre. Cuando regresó mi madre yo le dije que tenía ganas de ir a comulgar. Claro que no me iba a dejar, yo no había tomado mi Primera Comunión, pero no me podía dejar con las manos vacías. Con su integridad y simpleza ella me dijo: Acércate a mi corazón, yo acabo de recibir el cuerpo de Cristo, o sea, que Dios está dentro de mí. Jesús está acá, te está escuchando; háblale, que te va a escuchar como si tú hubieras comulgado. Y realmente fue una experiencia inolvidable. Se pueden imaginar, yo tengo 25 años, y fue de los momentos más fuertes en mi fe. Si bien en ese momento mi fe era más bien un momento mágico, de un Dios de milagros, esa fe de niños que todos teníamos, en ese momento sentí por primera vez realmente el amor de Dios que se manifestaba a través de mi madre.

Cuando yo tenía ocho años, mi madre falleció. Ahí empecé a tomar como ejemplo el actuar de mis hermanos y de mi padre. Así que, empecé a tomarlos a ellos como referencia, como ejemplo de vida.

Cuando yo tenía quince años, me cautivó la actividad de dos de mis hermanos que eran colaboradores en el merendero de la ciudad. Ese grupo de amigos con los que atendía el merendero, después se hizo un grupo de jóvenes y después recibieron la confirmación. A mí todo eso, realmente me llamaba mucho la atención, quería imitarles, quería hacer algo así, parecido, pero no me animaba. Faltaba el llamado de Dios, que a mí me hiciera ese llamado. Dios se vale de nuestros intereses para llamarnos. Yo en esos momentos estaba aprendiendo a tocar la guitarra y un día me invitaron a tocar en una misa. A partir de ahí iba todos los domingos a tocar la guitarra. Al principio no era consciente de lo que hacía, pero por lo menos estaba comprometido todos los domingos a ir a tocar la guitarra.
Allí conocí a una hermana vicentina y unos meses después me integré en un grupo de jóvenes, Juventud Mariana Vicentina. Con ese grupo nos juntamos todas las semanas para formarnos, para orar y para tratar temas de nuestro interés. Además este grupo tiene un gran compromiso social. Algunos visitan enfermos, otros visitan ancianos, otros atienden los merenderos, otros visitan presos. Yo justamente fue a visitar presos, ese fue el compromiso con el grupo que tomé con Dios. Fue una experiencia muy linda. El primer día que fui, fuimos con la guitarra, había cinco presos; celebraban la misa. Después yo me puse a cantar canciones populares con los otros jóvenes que habíamos ido. Los presos aplaudían como si la vida se les fuera en ello; para ellos era una alegría tremenda, y para mí también  porque me sentía muy gratificado, sentía que estaban agradecidos por lo que yo hacía. Con el correr de las semanas empezaron a venir más presos. Las últimas veces que fuimos eran ya treinta presos y cantaban, no importaba qué canción que era, y aplaudían con gran euforia.

El poder poner al servicio de la gente mis dones y descubrir a los demás a Cristo es muy hermoso. Quiero compartir con ustedes un fragmento del Evangelio de San Mateo, capítulo 25, versículo 40 que dice así: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Yo así intento sentir, intento creer en ese Dios, un Dios que está en los demás y en ellos nos tenemos que amar y servir.

Resumiendo, a partir de mi familia, del amor de mi familia y de mi familia hacia mí, yo empecé a descubrir ese amor de Dios. Ese amor me hizo observarlos, quería ser como ellos, me hizo aprender y descubrir cómo ellos sentían y vivían el amor que Dios nos tiene. Luego tuve que tomar mi camino, pero nunca un camino individual, sino siendo parte de un grupo de jóvenes, de una comunidad, siendo parte de una sociedad, buscando con otras personas la manera de sentir que Dios nos ama, que Dios está a nuestro lado. Una vez que descubrí que Dios me ama, que está en cada uno de nosotros, sentí la necesidad de movilizarme, de hacer algo. Igual que pasa entre nosotros, entre las personas, cuando uno ama y se siente amado se compromete con esa otra persona, simplemente porque la ama.

No tengo muchas experiencias, quizás mías personalmente, pero sí tuve el ejemplo de mi padre, de mis padres, que ser cristiano también es ser un buen padre, educar bien a nuestros hijos, ser también honestos en nuestro trabajo, intentar poner ese servicio que hacemos al servicio de los demás y no en algo solamente para nosotros.

Para terminar, y atrevido que soy, diría que el amor nos lleva al compromiso. ¿Por qué les digo esto? En Uruguay hay más divorcios que matrimonios, casamientos. En contrapartida, mi madre hace dieciséis años que falleció y mi padre todavía le ama como antes, sigue teniendo un compromiso con ella porque la ama.

Muchas gracias.

 















                               
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